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El yanqui que pasaba por ahí

 

¿Quién es Dan Newland?


En mi perfil de Facebook, digo que he sido obrero, vendedor, músico, maestro, viajero, soldado, botones en un hotel, agente de alquiler de autos, reportero, editor, ejecutivo y traductor (y en realidad faltan unos cuantos trabajos más), pero ya no recuerdo una época en que no fuera escritor. Escritor es quien soy y lo que soy. El resto han sido ocupaciones.  Pienso que esto me define bastante. Es algo con que he nacido, creo, una necesidad imperiosa de observar y comentar lo que veo, una tendencia a almacenar y elaborar la historia mía y las de los demás. Asimismo soy yanqui por nacimiento y por afecto a mi país natal, y particularmente por cariño hacia mi terruño de Ohio, pero con la riqueza de poder tener un fuerte vínculo afectivo con otro país, habiendo ya vivido muchos más años en la Argentina que en EE.UU. y habiéndome sentido tanto porteño como patagónico, por haber habitado 20 años en Buenos Aires y 18 en Río Negro.


1968: Dan a los 19 años de edad, cuando decidió vender su auto e iniciar su travesía a Buenos Aires.

 

¿Cómo comenzó su relación con la Argentina? ¿Qué lo motivó a radicarse en nuestro país?

 

En marzo celebraremos con mi mujer, Virginia, 40 años de casados. Ella es porteña. La conocí cuando teníamos 18. Ella fue la primera estudiante de intercambio cultural de Youth for Understanding en venir a estudiar al colegio secundario en mi pequeño pueblo natal de Wapakoneta, Ohio. Para cuando ella volviera a su país, estábamos enamorados. Seis meses más tarde, en diciembre de 1968, vendí mi Chevrolet Biscayne ’63, compré un pasaje en la línea aérea Pan American y volé a Buenos Aires a visitarla. Cumplí 19 años a bordo del avión, y celebré el acontecimiento con un vodka tonic que le pedí a la azafata.

 

Pasé un mes en Buenos Aires y volví a EE.UU. enamorado de mi novia, su familia y la ciudad misma. Entre medio hubo una comedia de errores en la que dejé la universidad para volver a Buenos Aires y en lugar de eso terminé enrolado en el ejército, casándome con Virginia en Los Ángeles, California y después, viajando de nuevo por un mes a Buenos Aires y, luego, con ella, a un nuevo destino militar en Alemania desde donde conocimos varios países de Europa antes de volver a EE.UU. Pero en 1973, ya dado de baja del ejército con el grado de sargento, volvimos a Buenos Aires. La idea—mía, por lo menos—era quedarnos un año y volver a EE.UU., pero conseguí trabajo en el Buenos Aires Herald como cronista y asistente de la mesa internacional. Y ‘un año’ llevó a otro…y otro…y no volví a pisar tierra yanqui en 5 años, y entonces, sólo de visita.    

 

Dan en la redacción del Herald, poco antes de que estallara la Guerra de Malvinas.

 

Conocemos la extraordinaria labor del Herald durante el Proceso. ¿Quiénes formaban parte del equipo periodístico? ¿Qué memorias guarda usted de ellos? ¿Qué los motivó a emprender una tarea tan peligrosa en la mismas fauces del proverbial lobo?

 

Cuando recíen entré en el diario, el equipo era muy reducido. Trabajábamos en el tercer piso de un antiguo edificio de la calle 25 de Mayo, a pasos de la esquina con Tucumán, en el que funcionaba también, en el segundo piso, el Club Inglés. En esa época 25 de Mayo, a esa altura, era una especie de “zona roja”, donde funcionaban varios bares frecuentados por marineros y otros hombres solitarios que buscaban la compañía de las mujeres que ejercían su profesión en esos lugares.


Cuando comencé a trabajar en el Herald, el director era el famoso Robert Cox. El jefe de redacción era Andrew Graham-Yooll. El jefe de la mesa internacional era el cuñado de Andrew, el crítico de cine Nicolás Meyer. El jefe de cables era el entonces corresponsal del London Times, Stuart Sterling, a quien le secundaban dos cableros, Philip Holland y Luis Cosso. Ronald Hansen, otrora director de la revista de automovilismo, Parabrisas, era jefe de suplementos además de secundarlo a Meyer en la mesa internacional y traducir algunas de la editoriales (la única sección del diario que se publicaba en ambos idiomas). El jefe de deportes era Eric Weil. Maggie Porta era la columnista social. Reginald Roché Rowland (con, entonces, más de cuatro décadas de experiencia y habiendo sido, además, agente de inteligencia militar británica en Italia durante la segunda guerra mundial) era el reportero senior, y Claire Moulon (francesa quien creció en Centroamérica y fue teniente de Charles de Gaulle durante la segunda guerra y ganadora de la Legión de Honor) escribía sobre acontecimientos musicales y de artes plásticas. El reconocido columnista de Radio Nacional Fred Marey, quien, con su hermano, vino a la Argentina escapando del holocausto nazi, era el crítico de música. Había, asimismo, cuatro correctores de pruebas, Ernie Gahan, Robert Harris, Gunnar Meyerson y otro de apellido O’Durnin, y dos mensajeros llamados Romero y Brey (que entre los dos sumaban más de medio siglo trabajando en el diario) cuyo trabajo era llevar en mano (antes de los días de las computadoras y el trabajo on-line) todo el material producido desde la redacción hasta la esquina, donde armábamos e imprimíamos en Herald en la imprenta de Alemann y Cía.  El vínculo entre la mesa de noticias y el taller era un veterano hombre de imprenta, Paradiso Sabino, quien, con gran paciencia, me enseñó prácticamente todo lo que aprendí sobre el trabajo del taller de imprenta. Los miembros más nuevos del plantel en ese momento éramos el indio John Fernandes y yo.


Nacido en Bombay, John había querido viajar por el mundo. Fue al aeropuerto con sus ahorros, preguntó hacia dónde partía el próximo vuelo internacional y arribó a Buenos Aires. Se suponía que estaríamos compitiendo por el mismo puesto de reportero en el diario (cada uno a prueba durante 30 días). Pero resultó que John era un extraordinario fotógrafo y, de repente descubrió que tenía no sólo la sensibilidad, sino también la increíble sangre fría para convertirse en un excelente reportero gráfico. (Siempre digo que el cronista, puede, si no es una persona particularmente honesta consigo misma y con su público, “inventar” lo que no tiene el coraje o el oficio para ver y verificar—muchas guerras han sido cubiertas desde el Sheraton más cercano—pero el fotógrafo debe estar “en el frente” y no sólo oliendo la pólvora, sino en peligro mortal, para contar la historia que sus fotos relatan: John tenía ese tipo de coraje). Nos hicimos amigos enseguida y comenzamos a producir algunas notas juntos (yo escribiendo y él sacando las imágenes). Así los dos quedamos trabajando en el diario hasta que él dicidiera ir a trabajar en la agencia local Noticias Argentinas y, eventualmente, a fundar su propio estudio con el fotógrafo argentino Jorge Vilariño. Siempre aventurero pero, en fin, otro enamorado de la Argentina, John ha viajado por el mundo para terminar radicándose, eventualmente, en Misiones, donde opera un pequeño bed & breakfast llamado Secret Garden Iguazú, donde comparte la belleza de la selva y de las cataratas con turistas internacionales, mientras se dedica a su arte como fotógrafo.

 

Probablemente mi más vívida memoria de ese tiempo es de cómo, durante casi seis meses, iba cada semana o diez días a molestarlo a Cox para que me diera trabajo. (Mientras tanto trabajé, primero, en el Hotel Salles—Perón y 9 de Julio—como botones y, luego, como agente de alquiler para Avis Rent-a-Car en Charcas y Reconquista). Nos hicimos amigos con Cox, íbamos a tomar café o cerveza juntos, me asignó un par de notas “freelance”, pero no daba el brazo a torcer. Por fin, me di por vencido y dejé de ir a verlo. Al cabo de tres semanas me llamó para preguntarme “si estaba bien”. Le dije, “sí, claro, ¿por?”.
—Y…como no veniste más…con todo lo que está pasando acá, la gente que desaparece…
—Mirá—le dije—nos hemos hecho amigos y me gusta charlar con vos y todo eso, pero no es mi afecto por vos que me hace ir a verte. ¡Quiero un laburo! ¡Quiero ser periodista!
—Bueno, veníte el lunes—me dice—creo que tengo algo para vos.

 

Y así empecé.

 

Y fue una muy buena escuela por el ejemplo que Cox me dio.

 

Era el año ’74. Perón había vuelto el año anterior a la Argentina y sucedió, dentro del peronismo, un cisma entre la izquierda revolucionaria y la ultraderecha, el que se profundizó rápidamente con la muerte de Perón en julio de ese año. A la mezcla se agregaba el auge del Ejército Revolucionario del Pueblo, grupo guerrillero de corte marxista-leninista liderado por Mario Roberto Santucho. La gente tiende a vincular las desapariciones y ejecuciones de personas solamente con el golpe militar dos años más tarde, pero, en realidad, el horror del contraterrorismo estatal ya había comenzado en esta misma época, en la cual, coches Ford Falcon sin chapa patente y llenos de paramilitares de civil y armados hasta los dientes merodeaban por las calles “chupando” a oponentes a la “guardia de hierro”.

 

Desde el principio, Cox, con la ayuda de Graham-Yooll, comenzaron a documentar—además de los hechos terroristas perpetrados por los movimientos guerrilleros—las violaciones a los derechos humanos y las desapariciones de personas, consiguiendo recursos de habeas corpus, entrevistándose con familiares, amigos y letrados, y publicando estas historias en el diario.

 

En cuanto a qué los motivó, y qué nos motivó a los que trabajamos con ellos y continuamos la labor que comenzaron una vez que ambos se habían ido del país, te puedo decir—y estoy seguro que Cox diría lo mismo—que fue una sencilla cuestión de hacer nuestro trabajo como periodistas.

 

La filosofía mía no sólo en el Herald, sino también en todo lo que he hecho como periodista en mi vida, ha sido que, si no voy a cubrir lo más completa y objetivamente posible lo que está pasando, mejor me dedico a otra cosa. Y en la época que nos tocó de la historia argentina, tratar de ignorar las violaciones a los derechos humanos hubiera sido como estar sentado en un Fiat 600 al lado de un elefante y describir las bondades del volante y el tapizado del autito.
     
El Proceso, la Guerra Sucia, la Guerra de Malvinas… ¿qué enseñanzas recogió como periodista y como persona de esa terrible época?

 

De la guerra sucia hay varias lecciones que pude recoger:

 

Primero, que los regímenes autoritarios sólo pueden existir con la apatía, beneplácito, complacencia o falta de compromiso de un gran sector del público común, y, más particulamente, de los encargados naturales de las instituciones de un país—la burocracia, los líderes religiosos, los medios de comunicación, las empresas, los encargados de la educación, etc.

 

Segundo, que el autoritarismo y el militarismo, aún cuando puedan parecer una solución al caos y para pacificar una situación peligrosa, jamás constituyen la mejor opción, cuando suplantan al estado de derecho, los derechos individuales, y el respeto por la ley y las instituciones democráticas. Sólo llevan a la tiranía y a la imposición injusta de un grupo social sobre todos los demás.

 

Al respecto, tanto Robert Cox como yo hemos escrito en más de una oportunidad en los últimos años sobre las similitudes entre algunas de las medidas impuestas en EE.UU. (y Guantánamo) y las impuestas por el Proceso Nacional de Reorganización en la Argentina. O sea, cuando los norteamericanos creen que “no podría pasar nunca en EE.UU. lo que pasó en la Argentina” en los años ’70-’80, se equivocan, y mucho. No se necesita un golpe militar para que se altere el estado de derecho. Sólo se requiere de la indiferencia y del adoctrinamiento de un pueblo.

 

En tercer lugar, aprendí que no hay que creer nunca que uno, como individuo, o como parte de un pequeño grupo de individuos de férrea voluntad, “no puede hacer nada”. Robert Cox, y un puñado de periodistas que producíamos el Herald, hicimos una diferencia en la Argentina, concientizando primero a los habitantes locales y, eventualmente, al mundo, sobre lo que estaba pasando verdaderamente en la Argentina, aún cuando muchos otros medios se callaban o eran cómplices del Proceso.

 

Hay que recordar, sin embargo, que, por pequeña que fuera nuestra voz, no estábamos solos en esa empresa. En total, casi cien periodistas y escritores desaparecieron o fueron ejecutados directamente durante esos años, algunos teniendo que no sólo luchar contra el régimen, sino también contra sus propios medios por decir la verdad antes de morir.  
Respecto a la Guerra de Malvinas, aprendí que un tirano puede ganar el apoyo y voluntad de todo un pueblo si logra unir a la mayoría en “una causa justa”. Y que, cuando lo hace, siempre culmina en una tragedia: pasó en la Alemania de Hitler, en la Italia fascista de Mussolini, y en las ocho Cruzadas del cristianismo, entre muchos otros ejemplos. Cuando estaba esperando a ser juzgado por el tribunal de Núremberg, el jerarca nazi Hermann Göring, subrayó esta misma premisa al decir: “Por supuesto que el pueblo no quiere la guerra. ¿Por qué querría algún pobre infeliz que vive en una granja arriesgar su vida en una guerra, cuando lo mejor que puede esperar es volver íntegro a la granja después?...Tenga o no una voz, el pueblo siempre puede ser convencido de hacer la voluntad de los líderes. Es fácil. Sólo hay que decirles que están bajo ataque y denunciarles a los pacificadores por su falta de patriotismo y por exponer la patria al peligro. Funciona igual en cualquier país.”  

 

Yo diría que tanto Göring como Hitler fueron ‘expertos en la materia’, ¿no es cierto?  


¿Cuándo descubrió su vocación de traductor? ¿Cuál es su visión de la traducción como profesión?

 

Fue también en el Herald. Cuando fui a trabajar al diario, jamás se me había ocurrido que, en un diario escrito en idioma extranjero publicado en un país de habla castellana, una importantísima proporción del trabajo sería la traducción de las noticias en ese idioma al otro.

 

Pero me desburraron la primera noche que trabajé, ya que faltaba gente y lo primero que hizo el jefe de redacción fue endilgarme la traducción de un obituario. Cuando lo terminé, el jefe lo entregó al director y Cox vino a mi escritorio y dijo, “This is bloody awful!” (algo así como “¡esto es un maldito espanto!”). “Imagináte que tuvieras que escribir esta nota en lugar de traducirla. ¿La redactarías así? Ahora, tomá tu traducción y reescribíla como si la redactaras de los apuntes que tomaste en un funeral donde estuviste presente.”

 

Bueno, santo remedio. Aprendí una lección enorme esa primera noche: traducir es escribir. El buen traductor tiene que ser, antes que nada, un buen escritor. Esa es la filosofía que he aplicado a la traducción desde entonces. Tres años más tarde comencé a traducir profesionalmente para complementar mi sueldo en el diario, y durante ese tiempo también me inscribí en la UADE para estudiar traducción. Por la gran carga de trabajo que tenía, sólo pude asistir a tres de los cuatro años que duraba la carrera (ya me habían nombrado jefe de redacción en el diario y mi vida profesional se complicó aún más, dado que escribía también para publicaciones en EE.UU. e Inglaterra ) pero aprendí muchísimo. Había docentes muy capaces: Laura Bertone, Norberto Ruiz Diaz, Ada Franzoni-Moldavsky, y Nené Vinacour entre otros.

 

Diría que la premisa que más aplico a mi trabajo como traductor profesional es que la traducción jamás debe “sonar a traducción”. Debe ser una impecable redacción en el idioma al cual se traduce. Pero además, debe ser una fiel reflexión—en cuanto a concepto, espíritu y registro—del texto fuente.  Para lograr eso, el traductor debe hacer todo lo que esté a su alcance para comprender profundamente lo que el autor del original quiere decir y cómo lo quiere decir. Esto es esencial en la traducción literaria, pero yo propongo que lo mismo es aplicable a los textos técnicos y legales.   

 

Hay un término que usted ha popularizado y que muchos traductores noveles o jóvenes estudiantes aun no conocen:  “bolseros”. ¿Podría ensayar una explicación de cómo surgió su uso y a qué se refiere?

 

Ese término no es de mi autoría. Se aplica a gente en casi todos los ambientes que practican “dumping” en los mercados comerciales. O sea, gente que mina al mercado introduciendo cantidades masivas de productos que imitan a otros a precios bajísimos y pretendiendo ser competitivos con estos últimos pero que resultan muy inferiores y sólo parecidos en forma superficial. Hay profesionales que tienden a confundir las agencias legítimas de traducción con los bolseros y viceversa. Pero la una no tiene nada que ver con la otra. Una verdadera agencia funciona de eso, de agente, entre el cliente y el traductor. Busca clientes en todos los ámbitos, formando una cartera, cosa que el traductor muchas veces no tiene la capacidad, tiempo o contactos para hacer, y, por otro lado, formula una cartera de traductores profesionales capaces de efectuar bien los trabajos de los clientes de la agencia. Por funcionar de nexo entre ambos, cobra una comisión que le asegura una ganancia efectiva al tiempo de asegurar un precio justo al cliente y una tarifa justa al profesional.  El bolsero, por lo contrario, exprime su ganancia del bolsillo del trabajador y de la calidad del producto que entrega. Cobra, por ahí, la misma tarifa, o tal vez hasta una tarifa más baja, que el traductor profesional individual. Pero encarga el trabajo a gente con poca experiencia, estudiantes y no profesionales de otras especies, pagando tarifas o sueldos fijos de miseria y entregando, después, un producto “en tiempo récord”, pero de una calidad bajísima.

 

Otros bolseros son los promotores masivos de MT (machine translation) con o sin post-editing, capaces de producir millones de palabras en mucho menos tiempo que los traductores humanos, pero sin ninguna garantía real de la precisión o calidad vis-à-vis el original, pero estos son un capítulo aparte, y no quiero extenderme en el tema aquí.

 

Escritor, periodista, traductor… ¿Cómo describiría la pulsión y la tensión entre estas tres profesiones tan distintas pero a la vez unidas por el manejo del lenguaje y de las palabras?

 

En realidad, no hay, para mí, diferencia alguna. Todo es escribir, la vida del escritor en diferentes manifestaciones y ocupaciones. Sin embargo, mi sueño siempre fue, y sigue siendo ganarme el reconocimiento que he tenido como periodista y traductor en mi vocación de escritor de libros. Pero el ritmo de mi vida en estas otras actividades ha tendido a coartar mis esfuerzos por surgir en la tercera. Ahora, de grande, estoy dedicando cada vez más esfuerzo a esa empresa, y espero lograr algo pronto. Mientras tanto, mi trabajo como traductor se orienta cada vez más hacia lo literario. En los últimos dos años he traducido dos libros. Actualmente estoy realizando investigaciones para otro libro de un cliente con quien trabajaré en la redacción del mismo, e inmediatamente, continuaré traduciendo aún otro libro para otro cliente. 


Como escritor… ¿cuáles son los libros que jamás dejaría que abandonaran su biblioteca?

 

Como expatriado he construido y perdido varias veces mi biblioteca. Sin embargo, los autores contemporáneos de los cuales más he aprendido incluyen a Ernest Hemingway, John Steinbeck, J.D. Salinger, Truman Capote, Henry Miller, Louise Erdrich, John Gardner y Raymond Carver, entre muchos otros. Entre los autores contemporáneos de esta parte del mundo que admiro mucho se encuentran Julio Cortázar, Osvaldo Soriano, Marco Denevi, Mempo Giardinelli, Roberto Arlt, Juan Carlos Onetti, y Haroldo Conti, entre otros.


¿Qué palabras tiene para los estudiantes y traductores noveles?

 

La que tengo para persona alguna que piensa dedicarse a cualquier actividad aún vagamente vinculada a la escritura: ¡Leé!

 

Entrevista realizada por el T.P. Héctor A. Gomá.

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Sobre el entrevistado:

Nacido en Ohio, EE.UU., Dan Newland ha vivido y trabajado en Sudamérica desde fines de 1973. Además de escribir como corresponsal independiente para importantes publicaciones en su país natal y en Gran Bretaña, perteneció, durante trece años, al plantel del diario de habla inglesa, el Buenos Aires Herald, periódico reconocido internacionalmente por su valiente trabajo en pro de los derechos humanos durante la época de la dictadura militar (1976-1983). Trabajó también como jefe de proyectos especiales de la Revista Apertura al principio de la década del '90. Desde hace dieciocho años, se gana la vida como escritor y traductor independiente desde su residencia en la Patagonia, donde, en sus horas libres, administra treinta hectáreas de bosque natural.